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dijous, 7 de gener del 2010


“En cuanto el hombre se da cuenta de que una vez fue capaz de sentir todo aquello, una extraña búsqueda vacía empieza sin avisar. Tal vez sea que la añoranza y quizás algo de miedo, nos hacen temer un destino no deseado. Las expectativas son como la sal: si pica es que se cura, pero demasiada nos hace inservible la mejor salsa del mundo.
Hay que saber vivir, y sobretodo sentir, que al final de todo esto sólo es un PUM-PUM!”
Des de la segunda galaxia, s.V

dimarts, 5 de gener del 2010

Y al final...

“Y al final nos queda nada, pues nada había y algo se hizo. No sé si bien o mal, pero sí sé que se hizo por gusto, y si el despecho no quiso que fuera más…; quizás nos debemos un respiro, por aquello de mirar a los ojos y descubrir la verdad. Que aún siguen las historias, las leyendas de lo que fue y es. Déjame perder un rato más la cordura, que quizás vuelva a soñarte. “

Ánonimo, s. VII

dissabte, 2 de gener del 2010

2010



En uno de ésos correos que tanto llenan nuestra bandeja de entrada leía que pocas veces pasa que las dos primeras cifras doblen a segundo par de números. Será que el dos mil diez empezó de forma extraña, con la sensación de descubrir un par de cositas de ésas, un par de verdades que sabes que mejor escucharlas bien.

La parábola del elefante:

Unos hindúes habían traído un elefante y le exhibieron en una casa oscura. Muchas personas entraron, de una en una, a oscuras, para verlo. Como no podían verlo con los ojos, palparon con la mano. Uno puso la mano en la trompa; dijo: “El elefante es como un cao de agua”.
Otro le tocó la oreja: le pareció semejante a un abanico. Otro, que le había cogido la pata, declaró: “El elefante tiene forma de pilar”.

Tras haberle puesto la mano en el lomo dijo otro: “en verdad éste elefante es como un trono”. Igualmente, cada vez que uno oía una descripción del elefante, la entendía conforme a la parte que él mismo había tocado. Sus afirmaciones variaban según lo que habían percibido.
Si cada uno de ellos hubiese tenido una candela, sus palabras no hubieran diferido. El ojo de la percepción es tan limitado como la palma de la mano, que no podía circunscribir la totalidad.

( Rûmî, Mathnawî, III, 1259 ss)